Módulo 1: Fundamentos del cannabis y el CBD
Principales compuestos del cannabis: cannabinoides, terpenos y flavonoides
La planta de cannabis es mucho más que THC y CBD. Detrás de sus efectos y propiedades se esconde una compleja sinfonía química formada por cientos de compuestos naturales que trabajan de manera coordinada. Para comprender realmente qué hace especial a esta planta milenaria, es fundamental conocer sus tres grandes familias de moléculas: los cannabinoides, los terpenos y los flavonoides. Cada una de estas familias aporta características únicas que, en conjunto, definen el perfil terapéutico y sensorial de cada variedad de cannabis.
La investigación científica moderna ha identificado más de 560 constituyentes diferentes en la planta de cannabis [1], una cifra que refleja la extraordinaria riqueza fitoquímica de esta especie vegetal. Entre todos estos compuestos, aproximadamente 125 han sido aislados e identificados específicamente como cannabinoides [2], mientras que el resto incluye terpenos, flavonoides y otros metabolitos secundarios. Esta diversidad molecular no es casual: cada compuesto desempeña un papel específico en la biología de la planta y, potencialmente, en sus aplicaciones para el bienestar humano.
Los cannabinoides: los protagonistas principales
Los cannabinoides son, sin duda, los compuestos más conocidos y estudiados del cannabis. Se trata de una familia de moléculas clasificadas químicamente como terpenofenoles de 21 carbonos, sintetizadas de manera exclusiva por la planta de cannabis. Lo que hace especial a estos compuestos es su capacidad para interactuar con el sistema endocannabinoide humano, un complejo sistema de señalización celular presente en nuestro organismo que regula funciones como el dolor, el estado de ánimo, el apetito y la memoria.
La biosíntesis de los cannabinoides comienza con una molécula precursora llamada ácido cannabigerólico (CBGA), considerada la “madre de todos los cannabinoides” [3]. A partir del CBGA, mediante diferentes rutas enzimáticas, la planta produce los ácidos cannabinoides principales: THCA, CBDA, CBCA, entre otros. Estos compuestos ácidos son las formas predominantes en la planta viva. Cuando el material vegetal se calienta o envejece, se produce un proceso químico llamado descarboxilación que elimina un grupo carboxilo de la molécula, transformando los ácidos en sus formas neutras: THC, CBD, CBC, etc. Esta es la razón por la cual el cannabis debe ser calentado para producir efectos psicoactivos, ya que el THCA presente en la planta fresca no es psicoactivo hasta convertirse en THC [3].
El delta-9-tetrahidrocannabinol (THC) es el cannabinoide más famoso debido a su capacidad psicoactiva. Actúa principalmente como agonista parcial de los receptores CB1, abundantes en el sistema nervioso central, lo que explica sus efectos sobre la percepción, el estado de ánimo y la cognición [4]. Sin embargo, el THC también interactúa con receptores CB2, presentes principalmente en el sistema inmunitario, contribuyendo a sus propiedades analgésicas y antiinflamatorias.
El cannabidiol (CBD), por su parte, ha ganado enorme popularidad en los últimos años precisamente por no producir efectos psicoactivos. A diferencia del THC, el CBD no se une fuertemente a los receptores cannabinoides, sino que modula una amplia variedad de dianas moleculares, incluyendo receptores de serotonina (5-HT), canales TRP, receptores PPAR y GPR55 [5]. Esta acción multitarget explica por qué el CBD ha demostrado efectos antiinflamatorios, anticonvulsivantes y ansiolíticos en diversos estudios preclínicos y clínicos.
El cannabigerol (CBG) merece especial atención por ser el precursor biosintético de otros cannabinoides mayores. Aunque generalmente se encuentra en concentraciones bajas en la planta madura, algunas variedades han sido seleccionadas para producir niveles más altos de CBG. La investigación actual explora su potencial neuroprotector y antiinflamatorio, con resultados prometedores en estudios preliminares [2].
El cannabinol (CBN) tiene un origen diferente: no se sintetiza directamente en la planta, sino que es producto de la degradación oxidativa del THC con el tiempo. Por esta razón, el cannabis envejecido o mal almacenado tiende a tener niveles más altos de CBN. Aunque menos psicoactivo que el THC, el CBN ha sido objeto de interés por sus posibles propiedades sedantes, aunque la evidencia científica en este aspecto aún requiere mayor desarrollo [2].
El cannabicromeno (CBC) completa el grupo de cannabinoides principales. Derivado del CBGA a través del ácido cannabicroménico (CBCA), este compuesto no psicoactivo ha mostrado actividad antiinflamatoria y moduladora del dolor en modelos preclínicos, aunque permanece menos estudiado que el CBD y el THC en contextos clínicos [2].
Los terpenos: los arquitectos del aroma y el efecto
Si los cannabinoides son los protagonistas, los terpenos son los directores de orquesta que modulan y enriquecen la experiencia. Los terpenos son compuestos aromáticos volátiles presentes en miles de especies vegetales, no solo en el cannabis. Son responsables de los aromas característicos de plantas, frutas y flores: el olor a limón de los cítricos, el aroma a pino de los bosques de coníferas, o las notas florales de la lavanda, todos provienen de diferentes terpenos.
En el cannabis, los terpenos no solo definen el perfil aromático de cada variedad, sino que también parecen contribuir a sus efectos terapéuticos a través de mecanismos que la ciencia apenas comienza a desentrañar. Los análisis cromatográficos modernos han identificado decenas de terpenos diferentes en el cannabis, con composiciones que varían enormemente según la genética de la planta y las condiciones de cultivo [6].
El beta-mirceno es uno de los terpenos más abundantes en muchas variedades de cannabis. Con su característico aroma terroso y almizclado, el mirceno ha sido objeto de estudios que sugieren propiedades relajantes y sedantes. Algunos investigadores proponen que el mirceno podría facilitar el paso de otros compuestos a través de membranas celulares, potenciando así los efectos del cannabis [6].
El beta-cariofileno destaca por una característica única: además de ser un terpeno, también actúa como cannabinoide al unirse selectivamente a los receptores CB2. Este sesquiterpeno, con su aroma especiado que recuerda a la pimienta negra, se encuentra entre los componentes volátiles principales en numerosas muestras analizadas de cannabis. Su capacidad para modular el sistema endocannabinoide sin producir efectos psicoactivos lo convierte en un compuesto de gran interés terapéutico [6][7].
El limoneno aporta las notas cítricas frescas presentes en algunas variedades. Más allá de su contribución aromática, el limoneno ha mostrado en estudios preclínicos propiedades ansiolíticas y antidepresivas, además de facilitar la absorción transdérmica de otros compuestos [1].
El pineno, con su inconfundible aroma a bosque de pinos, es uno de los terpenos más comunes en la naturaleza. En el cannabis, se presenta en dos formas isoméricas (alfa y beta-pineno) y se le han atribuido propiedades broncodilatadoras y de mejora de la memoria en modelos experimentales [1].
El linalool transporta al olfato hacia campos de lavanda con su perfil floral delicado. Presente en concentraciones variables según la variedad, este terpeno ha sido ampliamente estudiado por sus propiedades ansiolíticas y sedantes, lo que explicaría en parte por qué ciertas variedades de cannabis ricas en linalool se perciben como especialmente relajantes [1].
Es importante destacar que la composición terpenoide del cannabis no es fija ni uniforme. Estudios metabolómicos han demostrado que factores ambientales como la altitud, la temperatura, la humedad y la exposición solar pueden modificar significativamente el perfil de terpenos. Una investigación realizada en los Alpes italianos encontró que plantas genéticamente idénticas cultivadas a mayor altitud producían aproximadamente tres veces más terpenos totales que las mismas plantas cultivadas en zonas bajas [7]. Esta plasticidad química subraya la importancia de las condiciones de cultivo en la calidad final del producto.
Los flavonoides: los guardianes silenciosos
Los flavonoides constituyen la familia menos conocida pero no por ello menos importante de los compuestos del cannabis. Se trata de polifenoles no volátiles presentes en prácticamente todas las plantas, responsables de la pigmentación de flores y frutos, y dotados de potentes propiedades antioxidantes. En el cannabis se han identificado tanto flavonoides comunes a muchas especies vegetales como flavonoides únicos, específicos de esta planta.
Las cannflavinas A, B y C son flavonas preniladas exclusivas del cannabis, descubiertas por primera vez en la década de 1980. Análisis recientes mediante cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas (HPLC-MS) han confirmado que la cannflavina A es generalmente el flavonoide más abundante en las inflorescencias de cáñamo, seguida por las cannflavinas B y C [6]. Estas moléculas han despertado considerable interés científico debido a sus propiedades antiinflamatorias, que en estudios in vitro se han mostrado significativamente superiores a las de la aspirina [2].
Más allá de las cannflavinas, el cannabis contiene otros flavonoides comunes como la quercetina, el kaempferol y la apigenina, todos ellos reconocidos por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias. Aunque presentes en menores concentraciones que los cannabinoides y terpenos, los flavonoides contribuyen al perfil terapéutico global de la planta y participan en las interacciones sinérgicas entre compuestos [5].
El efecto séquito: cuando el todo es más que la suma de las partes
Uno de los conceptos más fascinantes y debatidos en la ciencia del cannabis es el denominado “efecto séquito” o “entourage effect”. Esta teoría, propuesta inicialmente por los investigadores Raphael Mechoulam y Shimon Ben-Shabat, sugiere que los cannabinoides, terpenos y flavonoides trabajan de manera sinérgica, produciendo efectos terapéuticos superiores a los que generaría cualquier compuesto aislado [8].
La evidencia científica que respalda el efecto séquito proviene de múltiples frentes. Estudios comparativos han demostrado que extractos de espectro completo, que contienen toda la gama de cannabinoides y terpenos, producen efectos terapéuticos más pronunciados que el CBD o THC aislados a dosis equivalentes. Por ejemplo, en modelos de dolor y epilepsia, los extractos completos han mostrado mayor eficacia con menores dosis de cannabinoides individuales [8].
Los mecanismos propuestos para explicar esta sinergia son diversos. Por un lado, diferentes compuestos pueden modular distintas dianas farmacológicas de manera complementaria: mientras el CBD actúa sobre receptores de serotonina y canales iónicos, el beta-cariofileno activa receptores CB2, y otros terpenos modulan la permeabilidad de membranas celulares. Esta acción multitarget podría explicar por qué los extractos completos muestran perfiles de eficacia más amplios [5].
Además, existen evidencias de interacciones farmacocinéticas: algunos terpenos parecen aumentar la biodisponibilidad de los cannabinoides al facilitar su absorción o al modificar su metabolismo. El mirceno, por ejemplo, ha sido propuesto como un facilitador del paso de otras moléculas a través de la barrera hematoencefálica, aunque esta hipótesis aún requiere confirmación en estudios clínicos controlados [8].
Es importante señalar que, si bien el concepto del efecto séquito es ampliamente aceptado en la comunidad científica y respaldado por evidencias preclínicas y observaciones clínicas, aún faltan estudios clínicos rigurosos que cuantifiquen con precisión estas interacciones y establezcan protocolos estandarizados [8].
La importancia del análisis y la estandarización
La complejidad química del cannabis plantea desafíos significativos para su caracterización y estandarización. Las técnicas analíticas modernas, como la cromatografía líquida de alta resolución (HPLC), la cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas (GC-MS) y la microextracción en fase sólida del espacio de cabeza (HS-SPME), se han convertido en herramientas esenciales para identificar y cuantificar cannabinoides, terpenos y flavonoides [6].
Estos análisis revelan que no existen dos variedades de cannabis químicamente idénticas. Incluso plantas genéticamente similares pueden producir perfiles químicos distintos según las condiciones de cultivo, el momento de cosecha, los métodos de secado y las condiciones de almacenamiento. Esta variabilidad subraya la necesidad de controles de calidad rigurosos y certificados de análisis detallados para productos de cannabis destinados al bienestar [7].
Los consumidores informados deben buscar productos que especifiquen no solo el contenido de CBD y THC, sino también el perfil completo de cannabinoides, terpenos y, idealmente, flavonoides, junto con la ausencia de contaminantes como pesticidas, metales pesados y microorganismos.
Conclusión
El cannabis es una planta extraordinariamente compleja desde el punto de vista fitoquímico. Lejos de ser simplemente un vehículo para THC o CBD, cada variedad representa una combinación única de más de 500 compuestos diferentes que interactúan de formas que apenas comenzamos a comprender. Los cannabinoides proporcionan las acciones farmacológicas principales al interactuar con nuestro sistema endocannabinoide; los terpenos aportan características aromáticas distintivas y modulan esos efectos a través de múltiples mecanismos; y los flavonoides contribuyen con sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias al perfil terapéutico global.
El concepto del efecto séquito nos recuerda que la naturaleza rara vez trabaja con moléculas aisladas, sino con sinfonías químicas complejas perfeccionadas a lo largo de millones de años de evolución. Para aprovechar plenamente el potencial del cannabis en aplicaciones de bienestar, es fundamental comprender y respetar esta complejidad, optando por productos de espectro completo o amplio que preserven la riqueza fitoquímica de la planta, siempre respaldados por análisis de laboratorio rigurosos y certificados.
A medida que la investigación científica avanza y las técnicas analíticas se refinan, seguiremos descubriendo nuevos aspectos de la química del cannabis y de las interacciones entre sus numerosos compuestos. Lo que hoy conocemos es solo el comienzo de un viaje fascinante hacia la comprensión completa de una de las plantas más versátiles y prometedoras del reino vegetal.
📚 Referencias científicas
[1] ElSohly, M. A., Radwan, M. M., Gul, W., Chandra, S., & Galal, A. (2017). Phytochemistry of Cannabis sativa L. In *Progress in the Chemistry of Organic Natural Products* (Vol. 103, pp. 1-36). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-319-45541-9_1
[2] Radwan, M. M., Chandra, S., Gul, S. W., & ElSohly, M. A. (2021). Cannabinoids, Phenolics, Terpenes and Alkaloids of Cannabis. *Molecules*, 26(9), 2774. https://doi.org/10.3390/MOLECULES26092774
[3] Biosíntesis de constituyentes del cannabis (2023). En *Cannabis: Chemistry, Extraction and Therapeutic Applications* (pp. 87-112). De Gruyter. https://doi.org/10.1515/9783110718362-006
[4] Duggan, P. J. (2021). The Chemistry of Cannabis and Cannabinoids. *Australian Journal of Chemistry*, 74(6), 369-387. https://doi.org/10.1071/CH21006
[5] Stasiłowicz, A., Tomala, A., Podolak, I., & Cielecka-Piontek, J. (2021). Cannabis sativa L. as a Natural Drug Meeting the Criteria of a Multitarget Approach to Treatment. *International Journal of Molecular Sciences*, 22(2), 778. https://doi.org/10.3390/IJMS22020778
[6] Pellati, F., Brighenti, V., Sperlea, J., Marchetti, L., Bertelli, D., & Benvenuti, S. (2018). New Methods for the Comprehensive Analysis of Bioactive Compounds in Cannabis sativa L. (hemp). *Molecules*, 23(10), 2639. https://doi.org/10.3390/MOLECULES23102639
[7] Giupponi, L., Leoni, V., Pavlovic, R., & Giorgi, A. (2020). Influence of Altitude on Phytochemical Composition of Hemp Inflorescence: A Metabolomic Approach. *Molecules*, 25(6), 1381. https://doi.org/10.3390/MOLECULES25061381
[8] Desimone, M. F., & Silva Sofrás, F. M. (2022). Entourage Effect And Analytical Chemistry: Chromatography As A Tool In The Analysis Of The Secondary Metabolism Of Cannabis Sativa L. *Current Pharmaceutical Design*, 29(32), 2550-2567. https://doi.org/10.2174/1381612829666221103093542

